martes, 25 de enero de 2011

Nunca más existimos.

Recuerdo que me preguntó si aquí siempre hacía tanto frío. A ella siempre le había encantado sentir esa sensación, como cuando los dedos se te congelan y el aliento sale de la boca como humo y desaparece en el olvido.
Estaba resplandeciente. Sus ojos eran de escarcha. Su nariz y pómulos rojizos a causa del frío contrastaban con su piel blanca.
Y aunque estuviéramos a tres grados bajo cero, me transmitía su calidez cada vez que su mirada se clavaba en la mía, como si dentro de cinco segundos no existíeramos ninguno de los dos.